Parándome a respirar… y a pensar

Cuando un bebé nace no es nada
es una hoja en blanco
pero según vaya creciendo
la gente a su alrededor le irá colgando etiquetas
sacando defectos
señalando supuestas imperfecciones
el bebé que no era nada
que lo tenía todo por delante
crecerá inseguro, o enfadado
y morirá entre amargura
sin poder haber disfrutado de la vida
porque las piedras pesaban demasiado.

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Surf

Ojos verdes buscando una ola
la encuentra, la domina
y al fin, la viola
le roba sus secretos
la monta hasta morir
erase una ola vulgar,
una prostituta cualquiera.
Muerta en la cuneta,
nadie la echará de menos.
Ojos verdes, sigue buscando
recuerda una tarde,
cuando aún era niño,
eran entonces las cosas distintas:
recuerda la sal en sus brazos
en sus espigas doradas
recuerda un sol bajo el agua
aquella tarde violenta que cambió su vida
ahi empezó todo.
Ya no se acuerda de quién lo empujó,
quién lo metió en el burdel.
Pero sigue buscándola
sigue buscando a aquella puta, gloriosa
que lo desvirgó, lo pervirtió
y le quitó la inocencia.
Quiere mirarla a la cara y decirle:
“Hoy te toca a ti,
vamos a ajustar cuentas”

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Polly durmió allí anoche, aunque no supiste encontrarla.

Desperté sin saber dónde estaba; no veía a mi alrededor nada más que una habitación desnuda, iluminada por el cabo de una gruesa vela. Frente a mí la pared intentaba curar su ceguera mediante un ventanuco por el que debería entrar luz, pero de tan sucio como estaba no entraba un rayo de sol, aunque también podía ser de noche. No sabía si estaba mirando al norte o al sur, no sabía dónde estaba. Atada.

De repente se me vino encima, o esa fue mi impresión, la enormidad del universo y me sentí pequeña, muy pequeña… y perdida. Pero no estaba sola, él también estaba allí. Y yo estaba atada a una silla, con mis manos a la espalda y los brazos doloridos, clavados en el respaldo. La cabeza me daba vueltas y me costaba enfocar, delimitar las cosas que veía… aunque allí no había nada, estaba yo… y estaba él.

Era joven, mayor que yo, pero aun joven, debía de rondar los veintiséis años y me era completamente desconocido. Estaba sentado en el suelo, aovillado y con la cabeza entre las piernas. Su cabello era claro, pero no sabría decir de qué color. Llevaba unos tejanos viejos, rotos por varios lugares a lo largo de sus piernas y los cordones de sus sucias zapatillas estaban rotos.

Levanta la cabeza y mírame, lo hace: me mira… ojos claros como la inocencia, mirada triste… se levanta y se acerca a mí. Yo no le tengo miedo, no lo sé, no parece peligroso, es más yo diría que está aquí por accidente, que se ha metido en un lío y no sabe cómo salir de él… yo diría que está más perdido que yo. Se acerca a mí y me quita la mordaza, espera, pero yo no digo nada, no sé qué decir. Podría gritar y pedir ayuda, podría suplicarle que me saque de aquí, que quiero volver a mi casa. Pero no lo hago, es cierto que no quiero volver a mi casa, pero tampoco me entiendo. Habla él.

– Polly– dice, no sé quién es Polly, pero le miro, a los ojos- He pensado que tendrías hambre o sed, puedo darte agua y tengo algunas galletas que podrías comer. Pero probablemente no sea suficiente, podría ir a comprarte algo, si quieres. -No hablo, niego con la cabeza y él no se ofende. Me mira con pena y no se porqué pero me tranquiliza, me sosiega… o tal vez aun queden restos de sedante en mi, tiene que haberme sedado porque no recuerdo nada. Y pasan las horas, él saca una guitarra de alguna parte que no veo, se sienta en su rincón y me canta canciones de chicas perdidas que viven en las ramas de los árboles. Creo que algo tiene que ver conmigo, es un mensaje.

Me duelen los brazos pero ya no es por estar atada, aunque algo tiene que ver: la tirantez ha abierto mis viejas heridas y creo que están empezando a sangrar, otra vez. Miro a mi captor suplicante y él se da cuenta de que algo me pasa- Podría desatarte las manos-me dice – Podría intentar curarte esas heridas.– Y en ese momento recupero la voz.
¿Por qué estoy aquí? -Pregunto. Él sopesa mi pregunta, reflexiona. Creo que está buscando la manera de decirme algo que sé que no quiero oir.
Estás aquí, porque crees que no mereces estar aquí… conmigo, pero tampoco crees que haya otra persona con la que querrías estar. Crees que no quieres estar en ninguna parte y por eso te haces lo que te haces en los brazos. -Yo no digo nada, callo y es en parte porque sé que tiene razón, pero tampoco se me ocurre nada que decir- Crees que no eres buena para nadie, que no mereces recibir amor ni nada medianamente positivo que venga de otra persona y que eres un bulto, algo prescindible que exista o no no impedirá que el mundo siga girando. Y tienes razón, pero te equivocas Polly.
-Yo no me llamo Polly -le aclaro
No quiero saber tu nombre, Polly está bien, te pega… pero no me cambies de tema. Quiero que estés aquí, conmigo, quiero que te des cuenta de que tu vida tiene sentido y por eso te la he quitado. Estamos en un lugar que no es de nadie, que puede que no esté en ningún lugar y no sólo nadie sabe que estás aquí, sino que nadie puede ayudarte, sólo yo, soy como si dijéramos, tu chaleco salvavidas… o no.

El joven curó mis heridas y me dio de comer, me desató y me trajo un catre para que descansara. Tres días sentada en aquella silla me habían destrozado la espalda y mis brazos no se curaban, pero seguía encerrada y me dejaba sola durante horas. En realidad era culpa mía, pero de eso no me di cuenta hasta mucho despues. Me tumbaba allí y me acariciaba los brazos con delicadeza… y miraba mis heridas a medio cicatrizar y entonces entraba él con su guitarra y me cantaba y me daban ganas de llorar.

La última noche, la noche en la que me liberó, es la que mejor recuerdo. Yo estaba en el catre tumbada, con una manta cubriéndome de los pies al pecho, pensando… decidí que si algún día mi captor me liberaba dejaría de autoinflingirme castigos, dejaría de cortarme las alas. Justo en esto estaba pensando cuando él entró en la habitación y me dijo que por la mañana podría irme, que durmiera esa noche y que al día siguiente sería libre. Se había sentado a los pies del catre, pero se levantó y se fue, recuerdo que antes de salir se dio la vuelta
Yo una vez prometí que no tenía un arma– Y entonces desapareció. Nunca más volví a verle, pero lo recuerdo cada día de mi vida.

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Café

-¿Qué van a tomar los señores?
Ella: un café, con leche, mediano, por favor.
Yo: A mí póngame un cortado con sacarina, gracias.
Ella: ¿Nos sentamos en una mesa?
Yo: De acuerdo, ve tú delante.
-No se preocupen, yo les acerco sus cafés, siéntense donde quieran
Yo: Gracias

Ella se dirige a las mesas del fondo. Elige una mesa junto a la pared de la derecha, es la única mesa que tiene un biombo detrás. Se quita la gabardina y la dobla con cuidado en la silla del lado del pasillo, hace lo mismo con su bufanda. Revela un jersey negro fino, enmarcado por el cuello y los puños de la camisa blanca que lleva debajo.

Ella tiene el pelo corto y oscuro: a veces marrón, a veces negro. Me recuerda a alguien. Tiene unos ojos que no le caben en la cara: negros, a veces sabios, a veces inocentes; y más expresivos que sus labios. Jamás la he visto reir, en ocasiones sonríe, mas si algo le hace gracia se tapa la boca con la mano. Cuando llora, aunque tampoco la he visto llorar a menudo, sus ojos se agrandan y te mira de tal modo que te desarma.

Ella sabe que no va a vivir mucho tiempo más.

(nota: sólo conozco a dos personas cuyos ojos sean como los de ella, aunque en realidad no son negros en ninguna de las dos: una es Anna Karina y la otra, mi pequeña Gabriela, que es un tesoro de amiga).

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Beginners

I want to spend one weekend with you.
Only one weekend.
Choose a place in the world,
a place where we could be together,
just you and I.
No matter where or when
as long as nobody knows us there.
But, there is one condition,
only  one condition.
No beaches

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Tan breve como tu me permitas

Te miro…
¿Qué? -preguntas indignada
Nada -callo yo.

No puedo decirte que eres preciosa, no me lo vas a permitir, nunca me crees cuando te lo digo. Tampoco me dejas observarte. No crees que exista alguien (como yo, por ejemplo) que pueda disfrutar de las luces y sombras de tu rostro.

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Tardes de domingo

Hace unos veinte años, año arriba, año abajo, mi vecina, que era de mi edad y aun así era más alta y más grande que yo, me dio una sudadera que ya no usaba: una sudadera roja con un a gra H blanca y unos palos de hockey cruzándose en la parte delantera. Me estaba grande, me sobraban varios centímetros de mangas y por abajo me llegaba hacia media nalga… era enorme y por ello no quería ponérmela para salir a la calle, no fuera que me hiciera más pequeña de lo que ya era.

No se cómo pero acabé usándola siempre que por algún motivo u otro me sentía mal… me la ponía y podía doblar las rodillas y casi meterme entera dentro, a base de hacerlo la sudadera se agrandó, pero nunca llegó a romperse. Aún la tengo, hemos sobrevivido juntas.

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Historias de fantasía, ¿o no?

El que sigue es un cuento muy breve que escribí para ilustrar una parte de otro cuento que aún está inconcluso, quien sabe por cuánto tiempo.

*-*-*

“Erase una vez un rey que tenía dos hijos, estos hijos eran gemelos idénticos y nadie, ni siquiera su padre, sabía cual de los dos había nacido primero. La reina hacía tiempo que había muerto y ella era la única que lo sabía, se llevó el secreto a la tumba. En vida nunca reveló este secreto pues temía que el rey, su esposo, favoreciera a un hijo en detrimento del otro.

El día en que ambos príncipes cumplieron dieciséis años, los magos pensando en qué presente ofrecerles, pues en aquel entonces a los dieciséis se alcanzaba la mayoría de edad, el regalo tenía que ser digno de un rey y como no sabían cual de los dos iba a ser rey decidieron darle un regalo mágico a cada uno. A Ardan, que era de una inteligencia y una sabiduría superior a la de su hermano le regalaron una cría de unicornio y a Gardan, que era más tenaz, justo y trabajador le regalaron un cachorro de dragón.

Pasaron dos años y los dos muchachos crecieron mientras eran preparados de igual forma para que llegado el momento, cualquiera de los dos fuera rey. Las disputas comenzaban a sentirse en el pueblo: unos apoyaban a Ardan, otros a Gardan, pero el rey seguía sin designar a su heredero. Los meses pasaban lentamente, hasta que llegó el invierno y el rey se puso repentinamente enfermo y murió mientras dormía, dejando el reino en un caos absoluto.

Sucedía que ambos príncipes creían merecer el trono y por ello comenzaron a discutir entre ellos durante varios días. Pero entonces la discusión se contagió entre los miembros de la corte, que agravaron la disputa, la mitad de ellos apoyaba a uno y la mitad a otro. El pueblo llevaba como sabemos, meses en conflicto constante… y de una pequeña chispa brotó la guerra.

Los magos, como consejeros reales, propusieron que fuera rey el primero de los dos en casarse. Ambo príncipes aceptaron y salieron a los reinos vecinos a buscar esposa. Pero la mala suerte quiso que ambos se enamoraran de Elisendra, princesa de un reino vecino… y esto se sumó a todo el problema que venían arrastrando.

El bando de Ardan guerreaba bajo el emblema del unicornio y el de Gardan portaba al dragón en su estandarte. La guerra fue encarnizada: hermanos se volvieron contra hermanos y se perdieron miles de vidas, incluidas las de los dos príncipes. El reino se quedó sin rey y cayó en el olvido.

Desde entonces los dragones y los unicornios se odian mutuamente: los dragones representan la fuerza y los unicornios la inteligencia, aunque ambos son igualmente antiguos y por ello igualmente sabios. Sin embargo, en los últimos quinientos años, el mítico mago druídico Agorllin les obligó a firmar un pacto de no agresión por el bien de la humanidad, creando la figura de los criadores de dragones y de unicornios, que desde entonces los educamos para que no se ataquen los unos a los otros sin motivo justos, válidos y honorables.”

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Pero intento que suene positivo, de verdad.

Uno de los mayores actos de masoquismo en la vida
es echar de menos a quien te echa de más.
Porque no aprendes, y duele
especialmente en estos tiempos de publicidad
en que los acontecimientos de hace cinco minutos
ya son historia antigua.
Ser prehistoria, duele.
Pero ver como la historia continua
duele aún más
cuando estás en el punto mismo donde te dejaron
solo
y pasa un día
y otro día
y las cosas pierden su significado
tu pierdes tu significado, ya no sabes quien eres
y entonces, alguien te llama
y vuelves a existir
y ese alguien te abandona por otro
y vuelves al punto de partida.
Y pasa un día
y otro día
y entonces mueres…
y das las gracias por ello.

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SHE

Laura estuvo aquí el fin de semana pasado, hacía casi un año que no la veía, justamente un año hace que la conocí. Ella vive lejos, como toda la gente que es importante para mí… ella dice que, en realidad, pertenece a este lugar, pero yo no lo creo: ella no pertenece a ningún sitio, no puede echar raíces porque tiene curiosidad por el mundo, ella necesita volar.

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