Café

-¿Qué van a tomar los señores?
Ella: un café, con leche, mediano, por favor.
Yo: A mí póngame un cortado con sacarina, gracias.
Ella: ¿Nos sentamos en una mesa?
Yo: De acuerdo, ve tú delante.
-No se preocupen, yo les acerco sus cafés, siéntense donde quieran
Yo: Gracias

Ella se dirige a las mesas del fondo. Elige una mesa junto a la pared de la derecha, es la única mesa que tiene un biombo detrás. Se quita la gabardina y la dobla con cuidado en la silla del lado del pasillo, hace lo mismo con su bufanda. Revela un jersey negro fino, enmarcado por el cuello y los puños de la camisa blanca que lleva debajo.

Ella tiene el pelo corto y oscuro: a veces marrón, a veces negro. Me recuerda a alguien. Tiene unos ojos que no le caben en la cara: negros, a veces sabios, a veces inocentes; y más expresivos que sus labios. Jamás la he visto reir, en ocasiones sonríe, mas si algo le hace gracia se tapa la boca con la mano. Cuando llora, aunque tampoco la he visto llorar a menudo, sus ojos se agrandan y te mira de tal modo que te desarma.

Ella sabe que no va a vivir mucho tiempo más.

(nota: sólo conozco a dos personas cuyos ojos sean como los de ella, aunque en realidad no son negros en ninguna de las dos: una es Anna Karina y la otra, mi pequeña Gabriela, que es un tesoro de amiga).

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