Polly durmió allí anoche, aunque no supiste encontrarla.

Desperté sin saber dónde estaba; no veía a mi alrededor nada más que una habitación desnuda, iluminada por el cabo de una gruesa vela. Frente a mí la pared intentaba curar su ceguera mediante un ventanuco por el que debería entrar luz, pero de tan sucio como estaba no entraba un rayo de sol, aunque también podía ser de noche. No sabía si estaba mirando al norte o al sur, no sabía dónde estaba. Atada.

De repente se me vino encima, o esa fue mi impresión, la enormidad del universo y me sentí pequeña, muy pequeña… y perdida. Pero no estaba sola, él también estaba allí. Y yo estaba atada a una silla, con mis manos a la espalda y los brazos doloridos, clavados en el respaldo. La cabeza me daba vueltas y me costaba enfocar, delimitar las cosas que veía… aunque allí no había nada, estaba yo… y estaba él.

Era joven, mayor que yo, pero aun joven, debía de rondar los veintiséis años y me era completamente desconocido. Estaba sentado en el suelo, aovillado y con la cabeza entre las piernas. Su cabello era claro, pero no sabría decir de qué color. Llevaba unos tejanos viejos, rotos por varios lugares a lo largo de sus piernas y los cordones de sus sucias zapatillas estaban rotos.

Levanta la cabeza y mírame, lo hace: me mira… ojos claros como la inocencia, mirada triste… se levanta y se acerca a mí. Yo no le tengo miedo, no lo sé, no parece peligroso, es más yo diría que está aquí por accidente, que se ha metido en un lío y no sabe cómo salir de él… yo diría que está más perdido que yo. Se acerca a mí y me quita la mordaza, espera, pero yo no digo nada, no sé qué decir. Podría gritar y pedir ayuda, podría suplicarle que me saque de aquí, que quiero volver a mi casa. Pero no lo hago, es cierto que no quiero volver a mi casa, pero tampoco me entiendo. Habla él.

– Polly– dice, no sé quién es Polly, pero le miro, a los ojos- He pensado que tendrías hambre o sed, puedo darte agua y tengo algunas galletas que podrías comer. Pero probablemente no sea suficiente, podría ir a comprarte algo, si quieres. -No hablo, niego con la cabeza y él no se ofende. Me mira con pena y no se porqué pero me tranquiliza, me sosiega… o tal vez aun queden restos de sedante en mi, tiene que haberme sedado porque no recuerdo nada. Y pasan las horas, él saca una guitarra de alguna parte que no veo, se sienta en su rincón y me canta canciones de chicas perdidas que viven en las ramas de los árboles. Creo que algo tiene que ver conmigo, es un mensaje.

Me duelen los brazos pero ya no es por estar atada, aunque algo tiene que ver: la tirantez ha abierto mis viejas heridas y creo que están empezando a sangrar, otra vez. Miro a mi captor suplicante y él se da cuenta de que algo me pasa- Podría desatarte las manos-me dice – Podría intentar curarte esas heridas.– Y en ese momento recupero la voz.
¿Por qué estoy aquí? -Pregunto. Él sopesa mi pregunta, reflexiona. Creo que está buscando la manera de decirme algo que sé que no quiero oir.
Estás aquí, porque crees que no mereces estar aquí… conmigo, pero tampoco crees que haya otra persona con la que querrías estar. Crees que no quieres estar en ninguna parte y por eso te haces lo que te haces en los brazos. -Yo no digo nada, callo y es en parte porque sé que tiene razón, pero tampoco se me ocurre nada que decir- Crees que no eres buena para nadie, que no mereces recibir amor ni nada medianamente positivo que venga de otra persona y que eres un bulto, algo prescindible que exista o no no impedirá que el mundo siga girando. Y tienes razón, pero te equivocas Polly.
-Yo no me llamo Polly -le aclaro
No quiero saber tu nombre, Polly está bien, te pega… pero no me cambies de tema. Quiero que estés aquí, conmigo, quiero que te des cuenta de que tu vida tiene sentido y por eso te la he quitado. Estamos en un lugar que no es de nadie, que puede que no esté en ningún lugar y no sólo nadie sabe que estás aquí, sino que nadie puede ayudarte, sólo yo, soy como si dijéramos, tu chaleco salvavidas… o no.

El joven curó mis heridas y me dio de comer, me desató y me trajo un catre para que descansara. Tres días sentada en aquella silla me habían destrozado la espalda y mis brazos no se curaban, pero seguía encerrada y me dejaba sola durante horas. En realidad era culpa mía, pero de eso no me di cuenta hasta mucho despues. Me tumbaba allí y me acariciaba los brazos con delicadeza… y miraba mis heridas a medio cicatrizar y entonces entraba él con su guitarra y me cantaba y me daban ganas de llorar.

La última noche, la noche en la que me liberó, es la que mejor recuerdo. Yo estaba en el catre tumbada, con una manta cubriéndome de los pies al pecho, pensando… decidí que si algún día mi captor me liberaba dejaría de autoinflingirme castigos, dejaría de cortarme las alas. Justo en esto estaba pensando cuando él entró en la habitación y me dijo que por la mañana podría irme, que durmiera esa noche y que al día siguiente sería libre. Se había sentado a los pies del catre, pero se levantó y se fue, recuerdo que antes de salir se dio la vuelta
Yo una vez prometí que no tenía un arma– Y entonces desapareció. Nunca más volví a verle, pero lo recuerdo cada día de mi vida.

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